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La apuesta por la transformación educativa

Somos muchos en el campo de la educación a querer apostar a la vez por la educación en valores y la innovación educativa. Esta declaración de intenciones nos obliga a cuestionar lo que significa el proceso actual de transformación educativa.

Somos muchos en el campo de la educación a querer apostar a la vez por la educación en valores y la innovación educativa. Esta declaración de intenciones nos obliga a cuestionar lo que significa el proceso actual de transformación educativa.

Transformar la educación es un objetivo mayor de nuestras sociedades. Es el asunto central de la agenda de la UNESCO “replantear la educación”: “El mundo está cambiando: la educación debe cambiar también. Las sociedades de todo el planeta experimentan profundas transformaciones y ello exige nuevas formas de educación que fomenten las competencias que las sociedades y las economías necesitan hoy día y mañana. Esto significa ir más allá de la alfabetización y la adquisición de competencias aritméticas básicas y centrarse en los entornos de aprendizaje y en nuevos enfoques del aprendizaje que propicien una mayor justicia, la equidad social y la solidaridad mundial.”

La innovación educativa parte de la necesidad de hacer posible que todas las personas empezando por los niños y las niñas puedan aprovechar a lo largo de la vida experiencias de aprendizaje relevantes y con sentido que les permitan devenir personas autónomas con una vida llena. Pero, cuales son las competencias que lo harán posible? ¿Cómo garantizar que toda la población adquiera estas competencias? ¿Cuáles son las prácticas de aprendizaje que las desarrollarán? ¿Y como se medirá la consecución de los aprendizajes?

El desarrollo sostenible adquiere una importancia creciente en este contexto de transformación educativa: “La educación debe servir para aprender a vivir en un planeta bajo presión. Debe consistir en la adquisición de competencias básicas en materia de cultura, sobre la base del respeto y la igual dignidad, contribuyendo a forjar las dimensiones sociales, económicas y medioambientales del desarrollo sostenible”.

La educación en valores es así un motor de esta transformación: “Los principios éticos y morales de una visión humanista del desarrollo se oponen a la violencia, la intolerancia, la discriminación y la exclusión”. “Esta visión hace hincapié en la inclusión de personas que frecuentemente son discriminadas: mujeres y niñas, poblaciones autóctonas, personas con discapacidades, migrantes, las personas mayores y las poblaciones de países afectados por un conflicto. Exige un planteamiento abierto y flexible del aprendizaje, que debe extenderse tanto a lo largo como a lo ancho de la vida: un planteamiento que brinde a todos la oportunidad de realizar su potencial con miras a un futuro sostenible y una existencia digna. La educación no conlleva únicamente la adquisición de aptitudes, sino también la de los valores de respeto a la vida y a la dignidad humana necesarios para que reine la armonía social en un mundo caracterizado por la diversidad”.

La OEI no dice otra cosa cuando recuerda en sus metas educativas 2021 que el objetivo general de la educación en valores es “contribuir al desarrollo integral de los ciudadanos y las ciudadanas a través de la promoción de valores, actitudes, procedimientos y conceptos que, desde una perspectiva ética, combinen la dimensión global y local de esta problemática, propiciando así cambios conceptuales y actitudes que promuevan una sociedad más justa, equitativa, democrática, tolerante y solidaria”. En consecuencia, la educación en valores y para la ciudadanía debe tener su concreción tanto dentro de la escuela empezando con en el propio funcionamiento del centro educativo, como fuera asociando la comunidad en un mismo esfuerzo integrador y creador de valores.

En este contexto de transformación, las tecnologías digitales juegan un papel acelerador pero sin que puedan ser depositarias de la visión educativa de una comunidad o de un centro educativo.