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Educación financiera: ¿una materia propia?

Lidia del Pozo, Directora de Programas Sociales en BBVA, publicó hace unos días una opinión muy interesante sobre la educación financiera, a raíz de un informe difundido por Junior Achievement Europe y VISA. Quisiera añadir distintas reflexiones al respecto centrándome en la dimensión propiamente formativa de la educación financiera.

Lidia del Pozo, Directora de Programas Sociales en BBVA, publicó hace unos días una opinión muy interesante sobre la educación financiera, a raíz de un informe difundido por Junior Achievement Europe y VISA.

Lidia del Pozo centró su reflexión en el rol educativo de las entidades financieras y su colaboración con ONGs para llevar la educación financiera a todos los ámbitos de la sociedad. Quisiera añadir distintas reflexiones al respecto centrándome en la dimensión propiamente formativa de la educación financiera.

 

Una “materia” conflictiva

Los autores del informe Junior Achievement Europe y VISA equiparan las gestiones financieras de los jóvenes a una “materia” y por otro se apoyan en los resultados del informe PISA para concluir que la mayoría de los alumnos españoles no alcanzan el nivel básico en dicha “materia”.

Podríamos justificar este fracaso, en el caso de España, a las características de nuestro sistema educativo, su bajo rendimiento y  su elevada tasa de fracaso escolar, pero esta conclusión no resiste a la comparación internacional, que muestra que todos los países fracasan en esta “materia”.

El test PISA reproduce las desigualdades propias de muchos sistemas educativos y muestra que los alumnos más adinerados (mejor dicho de padres más adinerados) consiguen 41 puntos más en la evaluación que un alumno menos aventajado.

El  informe PISA analiza si el hecho de introducir la educación financiera en el currículum escolar es una condición de “éxito”, pero concluye que el debate sigue abierto, dado el buen nivel alcanzado en lugares como Shanghái, donde se “limitan” a reforzar en los alumnos el nivel de entendimiento conceptual en áreas claves como las matemáticas, y dejan que los estudiantes sepan aplicarlo a distintos contextos, incluyendo el financiero.

 

Una “materia” ambigua

Podríamos argumentar que la escuela debe  ser el canal privilegiado de la educación financiera (con el riesgo de añadir otra prioridad a una larguísima lista de otras temáticas)[1] , pero seguiríamos sin encontrar la verdadera justificación de esta nueva “materia”.

La educación financiera sufre este doble “discurso”: entre el objetivo de permitir la adquisición de competencias complejas que requieren un largo recorrido educativo (no necesariamente identificado con una materia propia), y el objetivo de dar respuesta urgente a necesidades más “sencillas” de planificación financiera y ahorro. Esto se podría comparar un poco con la situación de un sistema educativo que tuviera como finalidad (de hecho es el caso a menudo) el  facilitar la salida ordenada al mercado laboral de los jóvenes con pocas cualificaciones (y ambiciones), en lugar de ayudar a estos mismos alumnos a elevar su nivel y buscar empleos más cualificados.

La mayoría de los programas de educación financiera intentan encontrar un hueco en los programas escolares y se ven abocados a la simplificación para tener “impacto”. La estrategia educativa se parece a una estrategia de “entrada y posicionamiento” con objetivos muy precisos y audiencias muy específicas (alumnos de 16 a 17 años a punto de entrar en el mercado laboral o jóvenes de 15 a 30 años, sin que se distingan las necesidades diversas de estas edades).

 

La educación financiera parte de la innovación educativa

La educación financiera debe ser vista desde una perspectiva más global de innovación educativa.

El programa de educación financiera Valores de futuro de BBVA apuesta por ejemplo por la educación en valores y fomenta la solidaridad y responsabilidad individual y colectiva del alumno, tanto en el aula como en la comunidad donde vive. Estos distintos puntos de vista se complementan y generan una oferta educativa de una calidad formidable con un currículum integrador.

La innovación educativa parte de la necesidad de hacer posible que todas las personas, empezando por los niños y las niñas, puedan aprovechar experiencias de aprendizaje relevantes y con sentido a lo largo de la vida, que les permitan convertirse en personas autónomas con una vida llena. Pero, ¿cuáles son las competencias que lo harán posible? ¿Cómo garantizar que toda la población adquiera estas competencias? ¿Cuáles son las prácticas de aprendizaje que las desarrollarán? ¿Y cómo se medirá la consecución de los aprendizajes? Estas preguntas se dirigen también a la educación financiera.

 

La educación financiera y la educación en valores

La educación en valores es un motor de esta transformación educativa y la educación financiera no puede dejar de referirse a ella. En el mismo informe de la UNESCO, podemos leer:

Los principios éticos y morales de una visión humanista del desarrollo se oponen a la violencia, la intolerancia, la discriminación y la exclusión (…) Esta visión hace hincapié en la inclusión de personas que frecuentemente son discriminadas: mujeres y niñas (…) , poblaciones autóctonas, personas con discapacidades, migrantes, las personas mayores y las poblaciones de países afectados por un conflicto. Exige (Esta visión) exige un planteamiento abierto y flexible del aprendizaje, que debe extenderse tanto a lo largo como a lo ancho de la vida: un planteamiento que brinde a todos la oportunidad de realizar su potencial con miras a un futuro sostenible y una existencia digna.”

Parafraseando el informe de la UNESCO, podríamos decir que la educación financiera no conlleva únicamente la adquisición de aptitudes, sino también la de los valores de respeto a la vida y a la dignidad humana necesarios para que reine la armonía social en un mundo caracterizado por la diversidad. En este contexto más ambicioso, la educación financiera contribuye al “desarrollo integral de los ciudadanos y ciudadanas”.

En consecuencia, la educación financiera (como la educación en valores y para la ciudadanía)  debe tener su concreción tanto dentro de la escuela como fuera, asociando a la comunidad en un mismo esfuerzo integrador y creador de valores.

 

La educación financiera en un contexto de transformación digital

En este contexto de transformación, las tecnologías digitales juegan un papel acelerador y la educación financiera debe pensar en cómo la introducción de herramientas digitales pueden enriquecer las experiencias presenciales en las aulas, sin querer sustituirlas.

BBVA inició un proceso innovador de diseño de sus programas de educación financiera que complementa en la parte educativa el proceso de transformación digital del banco, iniciado hace 10 años. Llama la atención cómo el banco entiende que junto con la transformación digital de sus productos deba también existir una nueva oferta digital de educación financiera.

La clave de la transformación digital de la educación financiera debería ser:

  • mejorar la experiencia de aprendizaje en el aula;
  • facilitar el compromiso de los profesores y alumnos;
  • favorecer la interacción hacia y desde las aulas.

Los procesos de innovación digital nos enseñan la necesidad de priorizar la “experiencia del usuario” (UX) es decir de los principales “agentes” educativos: alumnos, profesores y padres.

El proceso de Design Thinking,  central en la innovación digital, puede resultar muy útil para volver a colocar en el centro de la educación financiera,  y en el centro de nuestra atención,  estos protagonistas llamados “personas” ,en términos de Design Thinking. Diseñar un proyecto educativo no se puede hacer “para todos” si queremos evitar el riesgo de diseñar al final “para nadie”.

BBVA inició un proceso innovador de Design Thinking, tras el cual se definieron tres tipos de “personas”, que  emergen y dejan de ser anónimos para tener vida propia, tener nombre y apellidos: Gonzalo, el alumno-adolescente con intereses diversos, que relaciona la educación financiera tanto con sus hábitos de consumo como con causas sociales y colectivas; Elisa la maestra interesada en el uso de las nuevas tecnologías en las aulas y que solicita herramientas y propuestas digitales que le ayuden en su función de organizar y acompañar a los alumnos en la elaboración de sus acciones de ahorro; Ramón, el padre interesado en la educación de sus hijos que reconoce que las propuestas de educación financiera no solo les ofrece la  posibilidad de que padre e hijo aprendan algo nuevo, sino también constituyen una oportunidad para relacionarse entre ellos de otra manera.

 

Estas reflexiones y primeras orientaciones sobre la educación financiera dejan entrever que debemos ser conscientes tanto de los límites que esta tiene como “materia” independiente, como de las oportunidades que la innovación educativa en general y la digital en particular le pueden brindar para contribuir al diseño de experiencias de aprendizaje innovadoras. Y estas experiencias deben ser construidas desde una perspectiva integradora y estar conectadas directamente con la realidad social del alumno y de la comunidad en la cual vive.

Pierre-Antoine Ullmo (i)

 

[1] Me recuerda un discurso de Tony Blair que definía una buena escuela como la que permite dotar a los niños y niñas de las herramientas básicas para la vida y el trabajo, y a la vez permitir con los mismos recursos que estos sean capaces de “aprender la alegría de la vida, la exaltación de la música, la excitación del deporte, la belleza del arte, la magia de la ciencia, el valor de la vida, el sentido de la ciudadanía y de la responsabilidad”!

 

 

[i] Pierre-Antoine Ullmo es socio-fundador de P.A.U. Education, organización especializada en el diseño de proyectos educativos entre los cuales destaca el programa de educación financiera Valores de futuro, desarrollado por BBVA desde el 2008 en 5 000 escuelas de primaria y secundaria en España con la implicación de 600 voluntarios.